Ciberseguridad

La ciberseguridad se ha convertido en un pilar de la estabilidad económica y la confianza pública, y no puede ser gestionada únicamente por el gobierno o las empresas. La CCI promueve enfoques colaborativos que mantienen el entorno digital abierto, fiable y resiliente.

La ciberseguridad se refuerza gracias a la responsabilidad compartida.

La infraestructura digital, desarrollada y gestionada en gran medida por el sector privado, sustenta la actividad en todos los sectores.

Cuando esta infraestructura se ve interrumpida o comprometida, las repercusiones se extienden a lo largo de las cadenas de suministro y socavan la confianza del público en la economía digital.

En consecuencia, la ciberseguridad ha pasado de ser una cuestión puramente técnica a convertirse en un imperativo estratégico para la resiliencia económica, la competitividad y la confianza de los ciudadanos. Estos riesgos dejan claro que la ciberseguridad no es una cuestión que puedan abordar únicamente las empresas.

Los gobiernos deben establecer marcos normativos, jurídicos y de aplicación claros, coherentes y basados en el riesgo que respalden los objetivos de seguridad y protejan a los ciudadanos. Si se trabaja en colaboración, es más probable que las medidas de ciberseguridad resulten prácticas, proporcionadas y eficaces.

El ICC promueve estrategias de ciberseguridad que garanticen un entorno digital abierto, fiable y resistente. Junto con nuestros expertos del sector, ofrecemos consejos prácticos sobre cómo reforzar la ciberseguridad.

Esto incluye adoptar enfoques políticos equilibrados y recomendar medidas de protección adecuadas que no menoscaben los derechos individuales, centrándose en la aplicación de la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Informática y el Mecanismo Mundial de las Naciones Unidas sobre Ciberseguridad.

Este proyecto está dirigido por:

Comisión de Economía Digital Global de la CCI

Timea Suto, responsable de políticas globales – Ámbito digital

Meni Anastasiadou, directora de políticas globales – Área digital

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Nuestros valores 

Las empresas siguen realizando importantes inversiones en la protección de sus sistemas; sin embargo, para hacer frente a la magnitud y la sofisticación de las amenazas actuales, es imprescindible que los gobiernos desempeñen un papel fundamental. Estos pueden disuadir las actividades maliciosas, garantizar la aplicación coherente de la legislación y colaborar estrechamente con el sector privado para anticipar las amenazas y coordinar las respuestas. La unión de la experiencia respectiva del gobierno y del sector privado crea las condiciones para desarrollar expectativas compartidas y requisitos de seguridad más compatibles, lo que a su vez reduce el riesgo de fragmentación normativa, refuerza la resiliencia en sectores críticos y fomenta la confianza en los ecosistemas digitales.

Las infraestructuras críticas —desde las redes eléctricas y los sistemas de abastecimiento de agua hasta los sectores financiero, sanitario y las cadenas de suministro— son cada vez más objeto de sofisticadas amenazas cibernéticas. Protegerlas no solo exige una acción gubernamental firme, sino también una estrecha cooperación con los operadores que gestionan estos sistemas a diario. Los gobiernos deberían adoptar normas de ciberseguridad basadas en el riesgo y alineadas con las mejores prácticas mundiales, evitando modelos de cumplimiento excesivamente rígidos que puedan desalentar la transparencia o la innovación. Los requisitos prescriptivos que no reflejen la evolución de las amenazas o las realidades operativas pueden disuadir a las empresas de compartir voluntariamente información sobre incidentes o vulnerabilidades y limitar su capacidad para innovar en la implementación de soluciones de seguridad más eficaces.

Además de la regulación, los gobiernos y los operadores deben apoyarse mutuamente de forma activa mediante el intercambio de información, la coordinación en la respuesta a incidentes y los ejercicios de «equipo rojo» que simulan ataques reales. La ciberseguridad de las infraestructuras críticas no puede lograrse únicamente mediante la regulación. Debe mantenerse a través de una colaboración continua, una preparación conjunta y una responsabilidad compartida.

Las amenazas cibernéticas no conocen fronteras. Para dar una respuesta eficaz, es necesario que los gobiernos refuercen la cooperación internacional y apliquen las normas acordadas sobre el comportamiento responsable de los Estados. Las normas internacionales existentes —incluidas las elaboradas por las Naciones Unidas— constituyen una base sólida. Sin embargo, estos compromisos solo mejoran la seguridad cuando se ponen en práctica. Los gobiernos deben colaborar para compartir información de manera oportuna, coordinar las respuestas ante incidentes graves y mejorar la asistencia jurídica, de forma que se respeten los derechos y se fomente la confianza.

Al mismo tiempo, la colaboración internacional contra la ciberdelincuencia debería centrarse en medidas operativas prácticas —como el intercambio oportuno y seguro de información entre las autoridades competentes, mecanismos simplificados de cooperación transfronteriza para las investigaciones e iniciativas de desarrollo de capacidades que refuercen las capacidades técnicas e institucionales en todas las jurisdicciones— en lugar de en tratados excesivamente amplios o mal definidos que podrían menoscabar los derechos humanos o perturbar la actividad empresarial.

Es fundamental reunir a los gobiernos, las empresas, la sociedad civil y los expertos técnicos para que las políticas de ciberseguridad sean creíbles y viables. Una participación inclusiva garantiza que las políticas se basen en la realidad técnica, tengan en cuenta las necesidades de la sociedad y respondan a las exigencias económicas.

Los gobiernos deberían ir más allá de las consultas puntuales e integrar a las partes interesadas no estatales en todo el ciclo de elaboración de políticas, desde el diseño hasta la aplicación y la revisión. A nivel internacional, los procesos de múltiples partes interesadas también refuerzan la legitimidad y garantizan una mayor aceptación, algo fundamental para hacer frente a retos sin fronteras como la ciberdelincuencia. Por el contrario, los procesos puramente intergubernamentales corren el riesgo de generar resultados rígidos y poco prácticos que no satisfacen las necesidades del ecosistema digital.